Luqueño
Luque, como ciudad, y el Sportivo, como club, no se merecen esto
¡Que se vaya Ramón González Daher!. Así de simple, amigo lector, así de sencilla parece ser la solución a lo que está ocurriendo hoy en el Sportivo Luqueño y, por extensión, en la mismísima ciudad de Luque.
Uno está tentado a poner el pie en la trampa, uno siente que va a caer en lo que parece ser la cura milagrosa de este mal auriazul y hasta se siente con ganas de sumarse al coro para pedir, con el fin de evitar lo que hasta parece que podría llegar a ser una guerra fratricida, el retiro del presidente del Sportivo. Es más, quizás hasta puede ocurrir que entre la redacción de esta columna y la publicación de la misma el actual presidente haya decidido dar el famoso paso al costado y, sin embargo, no debería ser así. Y no debería ser así porque si esto ocurriera por la presión de una masa societaria que reclama encauzar el rumbo de una nave que creen a la deriva todo estaría bien. Si creyeran que no es posible esperar a que concluya el mandato del actual presidente -electo en asamblea-, entonces lo que deberían hacer es solicitar una asamblea extraordinaria cumpliendo con los requisitos que demande el estatuto del club y, en paz y armonía, canalizando para bien la energía desprendida de la pasión y el amor genuino por el club y la ciudad, elegir nuevas autoridades.
Así, sí, debería ser. Pero no es. Hoy el Sportivo Luqueño está en pie de guerra, pero los que llevan la bandera de una supuesta revolución societaria no son sino aquellos que a lo largo de tantos años le han hecho daño al club Sportivo Luqueño como a la propia ciudad de Luque, una ciudad emblemática dentro de la historia del Paraguay y, en lo deportivo, cuna de centenas de jugadores que, tanto defendiendo la camiseta auriazul como después las de otros grandes equipos del país y del exterior y la querida albirroja han dejado bien parado al fútbol paraguayo. Con nombrar a tres nenes como Julio César Romero, José Luis Chilavert y Raúl Vicente Amarilla quizás sea suficiente sin olvidar al gran Raúl "Raco" Ortiz un símbolo del club que lamentablemente no tuvo el destaque internacional que se merecía.
Hoy, los dueños del club y -a juzgar por la impunidad con que actúan- de la ciudad, son los barrabrava que con nuevo seudo líder, ya amigo del periodismo que lo llama por su apodo y le hace notas como si su opinión fuera importante, pasa por sobre los policías que, en lugar de cumplir con su deber y evitar que circulen por donde no deben, prácticamente los escoltan hasta llegar a los vestuarios, las oficinas del club y, en fin, hasta donde se les venga en gana poniendo en peligro la integridad física del público que nada quiere con la violencia, la de los dirigentes, la de los jugadores locales y visitantes, la de periodistas así como la integridad material de bienes como autos, casas, móviles de medios de comunicación, etcétera.
Somos admiradores de Luque y del Luqueño por lo que ya hemos citado. Y con orgullo podemos decir que muchos luqueños nos han dicho que conservan, algunos enmarcados como pósters, artículos que alguna vez hemos escrito acerca de Luque, de su particularidad como ciudad vestida y pintada de auriazul, los colores del Sportivo, ese Sportivo hoy en llamas, ese Sportivo que siente que sus entrañas son destrozadas por energúmenos que solamente quieren hacer sentir, a través de la violencia, un poder que les llega, lamentablemente, desde las propias dirigencias así en Luque como en los demás clubes.
Ojalá la gente decente de esta ciudad, que, desde luego es inmensa mayoría, salga de su letargo, ponga la pelota bajo la suela, haga la pausa y, de una vez por todas, de una manera pacífica, mesurada, conciente, basada en el sentido común y en saber que todos son hijos de la misma ciudad y que allí conviven pongan las cosas en orden y que, respetando lo que democrática y civilizadamente se decida, ponga las cosas en su lugar para que cada jornada futbolera en esa ciudad sea motivo de fiesta y no de guerra.
Nos duele de verdad esta situación, amigo lector, porque estamos seguros que Luque, como ciudad, y el Sportivo, como club, no se merecen esto.














