Por Robert Singer
Por Robert Singer
Por Robert Singer
Ahí está. Llorando como si fuera un niño y ya no lo es. Llora a cataratas, un llanto de dolor y resignación, abrazado a su esposa y su pequeña hija. Los une el amor familiar pero, en ese instante, los une, además, el dolor por la derrota de su equipo que, en este caso ni siquiera fue derrota pero sí un empate que sabe a poco o a nada porque no alcanzó para lograr el gran objetivo. Están allí, en cancha del Sportivo Luqueño el papá, la mamá y la hija, los tres con la camiseta de Cerro llorando porque esta vez el sueño no se hizo realidad. Estaban de pie, se sientan y se quedan allí un largo rato después del pitazo final. Una postal futbolera, ¡qué duda cabe!.
Ahí está. Llorando como si fuera un mitaí y ya no lo es. Llora a cataratas, un llanto de felicidad y desahogo, abrazado a su esposa y su pequeño hijo al que ahora alza kaíro (sobre los hombros). Los une el amor familiar pero en ese instante los une, además, la alegría por un triunfo que no es uno más sino el broche de oro de una campaña que culmina con la obtención de un campeonato largamente esperado. Están allí, el papá, la mamá y el hijo, los tres con la camiseta de Olimpia, llorando porque -los mayores después de once años, el chico por primera vez- pueden gritar campeón. Estaban sentados, se ponen de pie, saltan, gritan...y siguen llorando. Una postal futbolera, ¡que duda cabe!.
Son las dos caras del fútbol, amigo lector, en su más puro estado. Son dos postales futboleras que lejos de estar separadas o distanciadas por los motivos de cada llanto están, al contrario, unidas por esas lágrimas que son las del hincha genuino, las del hincha que disfruta en familia de cada jornada futbolera más allá de que esa jornada depare al final el dolor de una derrota. Es, en ambos casos, el llanto del hincha que quiere al fútbol, que habla de fútbol, que discute, polemiza, se calienta, putea pero que jamás lleva esa pasión al punto demencial de la violencia en ninguna de sus formas. Es el hincha familiero no pandillero, el que no tiene ni necesita seudo líderes, no pertenece a ninguna barra ni grupo, es hincha de su club, por esos colores se muere pero no mata.
Las lágrimas de hinchas así tienen la pureza de la gente de bien, de la gente positiva, de la gente que todos deberíamos cuidar para que nunca más -por culpa de delincuentes apadrinados y protegidos, no reprimidos ni castigados- las gradas queden vacías. Puede parecer una paradoja, amigo lector, pero hace falta gente que llore en las canchas. Y esas dos imágenes que compartimos en estas líneas son el ejemplo, se nos quedaron grabadas porque, ya lo hemos dicho, las separan los colores de las camisetas pero las une, sobre todo, el amor al fútbol y su manera de vivirlo, gozando o sufriendo, en familia.
En esta última columna del año vayan para todos los amigos lectores nuestros deseos de felices fiestas y un exitoso 2012. Para todos. Los que nos apoyaron, los que nos criticaron, los que nos hicieron sugerencias, los que intercambiaron ideas, los que nos putearon. De todo y de todos se aprende. A todos muchas gracias pero permítannos levantar simbólicamente nuestras copas para brindar, en homenaje a todos los hinchas de fútbol, por aquellos que, como estos dos ejemplos citados, no tienen vergüenza de llorar por amor a un club.
Por ellos entonces, ¡Salud! porque mientras un hincha llore en la cancha, el fútbol no morirá.
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