El Ciclón fue a la Huerta, que escenográficamente lució agradable, por la cantidad de público, e igualó con el dueño de casa a 0, manteniendo la ventaja de cinco puntos sobre su rival de turno. Arias fue cuestionado, entre otras cosas, por no adicionar lo correspondiente. Fue un partido intenso, pero feo.
ESFUERZO TOTAL. Ambos pusieron todo, pero no lograron quedarse con el botín.
El partido comenzó sin estudio ni nada de preámbulo. Cada equipo trató de imponer condiciones en base a temática de juego. Y en ese contexto fue el cuadro de Peter Troglio el que más buscó. Lo del Guma fue dependencia exagerada de alguna genialidad acostumbrada de Juancito Samudio.
Por lo demás, el Ciclón siempre intentó sobre todo desde fuera del área. Por eso que Bava fue exigido en un par de oportunidades.
Cada balón se disputó con el máximo fervor. Edgar Balbuena, como generalmente lo hace, se pasó de rosca y fue el primer amonestado del local. Básicamente, este partido muy esperado y sobre todo hablado, en la previa, se jugó al límite en cada balón dividido, en cada detalle. Los protagonistas estuvieron muy sensibles. Expectantes de cada roce, de cada caída, de cada fallo del de por sí discutido Antonio Arias. La constante fue la previsible. Mucha gente en medio, demasiada fricción y poquísimos espacios. Además, se volvió deslucido en la medida en que transcurrieron los minutos.
Y así, el primer tiempo se marchó, evidenciando poco fútbol y gran intensidad.
La segunda etapa fue también movidita. Se caracterizó por lo mismo. Enredos, neutralización recíproca en el sector medular, y escasas chances con claridad frente a los arcos.
A saber, los desequilibrantes no aparecieron en su típico esplendor. Cáceres no tuvo protagonismo en Cerro, Ramírez estuvo bien cuidado, por lo que el rol lo cumplió Brítez, lleno de pujanza, amor propio y valentía, seguido de cerca en el rubro por Julio Irrazábal. En Libertad, Juan fue sustituido, Marín no jugó de Marín, se perdió en la multitud, Miguel Samudio marcó más de lo que avanzó y Patito Aquino, a veces, estuvo fino con el balón.
No faltaron los encontronazos, los verdaderos y los propiciados. Arias se equivocó de apreciación. Fue riguroso, por caso, con el peruano Ramírez, y perdonó varias vidas ya amonestadas, por el contrario.
En fin, el partido se fue con un cero que bien le quedó si hubiera que calificar la calidad futbolística exhibida.
A todas luces, el punto beneficia y es festejado por este único puntero, que se llama Cerro y es de la capital del sentimiento.